La Coctelera

Categoría: RELATOS (Prohibida su reproducción total o parcial)

OFICIOS DE UN SOFISTA

15 oct 09

 

 

 

OFICIOS DE UN SOFISTA

Accésit de Relato en el I Certamen de Arte Iberoamericano de la Fundación Patronato Príncipe de Asturias (OMC)

 

          -Verán, señores; no me voy a andar con rodeos: necesito el trabajo.

          -Está bien; pero..., al menos, sabrá usted algo de Filosofía. Para este encargo se requiere una sólida formación. Tampoco hemos comentado nada acerca de su currículum. En la agencia nos han asegurado que, tras un riguroso procedimiento de selección entre un centenar de aspirantes, ha obtenido el número uno, y que su historial puede calificarse, en líneas generales, de intachable. Pero recuerde que somos nosotros quienes tenemos la última palabra

          -Por supuesto; ustedes han de cumplir bien con su trabajo. En realidad, hasta ahora no he mencionado mi currículum por simple temor a ser tomado por un presuntuoso. Y nada se aleja más de mis intenciones. Me considero una persona humilde, aun a sabiendas de que la humildad no es una virtud siempre reconocida como tal. En no pocos sistemas filosóficos ha sido cuestionada hasta el punto de ser juzgada como una debilidad en la afirmación del propio ser. Sin embargo, desde mi concepción, la humildad consiste en ser conscientes de nuestras limitaciones e insuficiencias y en proceder de forma coherente con tal conciencia. La humildad es la sabiduría de lo que no somos y de lo que no podemos llegar a ser, la razón de aceptar nuestro real nivel evolutivo. En cualquier caso, y dado que ustedes mismos lo han sacado a relucir, deben saber que no es la primera vez que logro alcanzar el número uno en un proceso de selección. También fui el elegido por la agencia para la plaza de maniquí de pruebas de choque (crash test dummy, como lo denominamos en el argot profesional, y aprovecho, eso sí, para hacerles ver que mi adiestramiento en lo que a idiomas se refiere no es un asunto a menospreciar). En aquella ocasión me exigieron un riguroso ensayo sobre la relación existente entre Filosofía y Tecnología, para lo cual tuve que articular dos teorías básicas de aprendizaje: la empírica y la ecléctica. Los demás candidatos, a mi modesto entender, no tenían ni idea. Y no se crean que al final resulta un oficio fácil ni exento de peligros. Ya saben: se trata de hacer de muñeco simulador de accidentes de tráfico. Te meten en un coche destartalado y a continuación lo estampan a más de cien kilómetros por hora contra un poste de hormigón. Con y sin cinturón de seguridad, para comparar. En un segundo experimento te despeñan por un terraplén haciendo dar al vehículo diez o doce vueltas de campana. Con y sin airbag, para volver a contrastar. Luego procesan con un ordenador las imágenes grabadas y las van retocando hasta que te dan el aspecto de un maniquí de plástico; así a la gente no se le atraganta el bocado cuando ve el reportaje en algún programa de televisión, generalmente a la hora del telediario. Yo me suelo entretener tratando de reconocerme en uno de esos monigotes. Muchos piensan que son todos iguales, clones sintéticos elaborados en serie en alguna fábrica de productos recauchutados. Sin embargo, no tienen más que poner un poco de atención y descubrirán en cada uno de ellos sus rasgos distintivos. En mi caso, soy el muñeco que sale siempre con el ceño fruncido y la mirada licuada en el poste. Son pequeños gestos que me ayudan a concentrarme para tratar de minimizar los efectos del golpe. El trabajo no está mal remunerado, y no digamos si tienes la fortuna de sufrir la fractura de un hueso o el estallido de algún órgano vital y precisar así varias semanas de hospitalización, por aquello de la compensación del seguro, ¿saben? No obstante, si te descuidas un poco, te puede costar un serio disgusto. Fíjense, si no, en estas cicatrices.

          -Desde luego, no anda usted parco en cuestiones de Filosofía, y parece que tampoco se amedrenta ante los riesgos inherentes a su actividad profesional. Puede ir quitándose la ropa. Mientras tanto, dígame: ¿qué le hizo abandonar ese empleo?

          -Pues... la verdad es que no me acababa de llenar. Se trataba de un cometido para el que no se requería demasiada capacidad de invención y en el que, siendo objetivos, tampoco era necesaria una persona de mi cualificación. Siempre dijo mi madre (mi verdadera madre) que yo, además de filósofo, sería culo de mal asiento. No se equivocaba; así que no tardé en cambiar de actividad en un intento de hallar algo más creativo. Algo en lo que la noción de trabajo fuera más allá de su magnitud puramente económica y se convirtiera en una verdadera posición antropológica, algo en lo que resultara evidente que el hombre es un ser caracterizado por un principio de movimiento que determina su impulso para la creación, para la transformación de la realidad.  Por eso me decanté por el oficio de feto.

          -¡Ah...!, un primo mío trabajó en eso. Desde entonces no le hemos vuelto a ver el pelo; en realidad ni siquiera sabemos si llegó a nacer. ¿Qué tal su experiencia? Quítese también los calcetines, por favor.

          -Tiene sus más y sus menos, pero, en resumen, se traduce en una práctica reconfortante, créanme. La oferta de trabajo provenía de una pareja muy joven, prácticamente unos adolescentes en plena efervescencia sexual que habían sido pillados por la madre de la chica dándose un buen revolcón. Gente de tradición conservadora, decidieron entre todos que para enmendar tamaño desliz lo mejor sería emprender una temprana paternidad. Con gran disgusto para la madre, por supuesto. Pero a lo hecho, pecho, como remarcó contundentemente cuando, tras mi llegada, detectó en la pareja ciertos indicios de vacilación. Supongo que los chicos aguardaban a alguien de menor edad y, tal vez, de mejor aspecto. Me recibieron sin demasiados formalismos, y con un recelo que eran incapaces de disimular. Algo perfectamente comprensible cuando llaman a tu puerta y un hombre con el rostro cosido de marcas dice que viene por lo del trabajo de feto. Como es lógico, se interesaron minuciosamente por mis anteriores ocupaciones, por mi estado de salud física y mental, y, si bien esperaban alguna carta de recomendación de cualquier otra familia en la que yo ya hubiera practicado de feto, aparcaron a un lado sus dudas al verificar mis conocimientos sobre el sentido metafísico de la existencia desde la hipótesis del "absoluto trascendente". Ellos también concedían gran importancia al saber filosófico y no querían que su hijo pareciera un botarate al uso. Ahora bien, demandaban una condición indispensable: que ejerciera de feto prematuro. Ni los que habían de ser mis padres ni mi futura abuela estaban dispuestos a renunciar a esa vivificante prueba que supone volcarse en cuerpo y alma en los cuidados de una criatura indefensa, pasar las noches en vela mortificándose ante la previsión de un fatal desenlace o la génesis de alguna anomalía irreparable en el desarrollo ulterior del niño, para, definitivamente, conquistar el reconfortante estado de plenitud al que conduce un final feliz de los acontecimientos. Son experiencias muy enriquecedoras que estrechan para siempre los vínculos paterno-filiales, hay que reconocerlo. A mí no sólo no me importaba ser feto prematuro, sino que llegué a tomármelo como un estimulante desafío profesional, por lo que alcanzamos pronto un acuerdo. De modo que, en cuanto la muchacha que había de ser mi madre cerró los ojos, apretó los dientes y abrió las piernas, yo, ayudado por un envite de la que había de ser mi abuela, me embutí desde su regazo hasta el útero materno. Como soy una persona desenvuelta, adopté con facilidad forma de huevo, anidé y allí transcurrieron los seis meses más aburridos de mi vida laboral. Ello no quita que el trabajo requiriese la máxima dedicación. Tenía que estar en permanente alerta para esbozar ligeras sacudidas o dar suaves patadas cada vez que percibía las manos del que había de ser mi padre sobre el vientre de la que sería mi madre. Además, esgrimiendo la excusa de la estimulación precoz, me atormentaron a diario con el sonsonete de Las cuatro estaciones de Vivaldi.

          -¡Qué cabrones! ¿Me acerca el martillo?; lo tiene ahí detrás.

          -No crea; ellos lo hacían de buena fe; pensaban que así favorecerían mi equilibrio emocional y mi progresión intelectual. ¡Tiene narices la cosa! Después, a mis cinco meses de estancia intrauterina, tuve que aguantar la humillación de oír decir al ginecólogo (al hombre que hacía de ginecólogo) que la criatura iba un poco esmirriada y que el sexo no estaba nada claro. Eso sí, me las apañé (y, por favor, no me pregunten cómo) para forzar una rotunda erección durante la siguiente ecografía. "Es niño, sin duda", dijo al fin la voz ronca del que hacía de facultativo. Los que habían de ser mis padres y la que iba a ser mi abuela se mostraron muy satisfechos y comentaron que no les hubiera afectado que fuese niña, que lo importante era que lo que viniera, viniera bien. A mí, entonces, me dio por reír, allí mismo, apostado dentro de aquella cálida matriz.

          -¿Y cómo se las apañó durante el parto? Puede ir colocándose sobre la mesa. 

          -Fue por cesárea, ¡hombre! La verdad es que ni me enteré; la anestesia me había dejado medio atontado. De todos modos, perduran en mi memoria algunos recuerdos confusos. Aún me parece oír el chillido que dio la joven enfermera (la joven que hacía de enfermera) al verme aparecer con la placenta debajo del brazo. No era para menos; llevaba varios meses sin afeitar (yo, quiero decir), y supongo que tampoco ayudaba demasiado el entramado de suturas que me remienda el cuerpo. Quien no está acostumbrado suele impresionarse. La matrona (la mujer que hacía de matrona), al ver que mi llanto se demoraba, me asestó un puntapié en el trasero y me inquirió con cara de pocos amigos sobre el sentido de la ética y la estética desde la óptica del escolasticismo. ¡Vaya una pregunta simple! Yo creo que iba un poco bebida. En cualquier caso, lo difícil vino después. Pasé un par de meses en la incubadora, doblado como un contorsionista. Para evitar el anquilosamiento de mis articulaciones (ya suficientemente castigadas tras haber permanecido durante tantos meses en impasible posición fetal), por las noches abandonaba durante un buen rato mi diminuto habitáculo y, en compañía de otros prematuros y de un viejo que trabajaba de bebé hidrocefálico, estirábamos un poco las piernas y fumábamos algún que otro pitillo. Menos mal que nadie nos descubrió; podía habernos costado el puesto. Pero prefiero hablar de lo positivo. Cumplí mi faena con absoluta eficiencia. A la octava semana, ya en casa, hice ver mi capacidad para sostener la cabeza levantada, y a los tres meses, como un reloj, inicié la sonrisa social, ante la algarabía y el regocijo de familiares y amigos. Era una sonrisa forzada, perezosa, pero yo tenía que ganarme las habichuelas. En esa época también comencé a emitir pedorretas con la boca e hice un esfuerzo egregio por adquirir el vicio de chuparme el dedo pulgar (vicio que desde entonces no he conseguido abandonar).

          -¿Y por qué dejó esa profesión? Túmbese por completo, haga el favor.

          -¡Uf! Seré sincero. Para la fase de embrión me habían hecho un contrato en prácticas. Creo que al principio no las tenían todas consigo. Pero como acabaron muy complacidos con mi labor de feto, poco antes del nacimiento me firmaron un contrato indefinido de hijo hasta los dieciocho años, con posibilidad de prórroga en caso de retardo en mi proceso de emancipación. Desgraciadamente, no llegué a celebrar con ellos ni mi primer cumpleaños, y miren que lo siento.

          -¿Cómo es eso? Dilate las pupilas, si es tan amable.

          -No conseguí acoplarme correctamente al periodo de lactancia. Mi madre (la muchacha que hacía de mi madre..., la muchacha para la cual yo había trabajado de feto, y ahora de hijo) se quejaba a todas horas de mi avidez en la succión; decía que le hacía daño y que se le estaban inflamando los pezones. Lo siento, era culpa mía: en cuanto agarraba la teta me iba ofuscando yo solo. Pero ella amenazaba constantemente con mi despido. Mi padre (el que hacía de mi padre...., aquél para el cual yo había trabajado de feto, y ahora de hijo) intentó convencerla de que sería mejor optar por la lactancia artificial. Argumentaba que no debían desprenderse de un trabajador con mis capacidades, que sería difícil encontrar a otro que fuera un buen hijo y que, aun estando lleno de cicatrices, desplegara tantos conocimientos sobre Filosofía. Pero ella, mal aconsejada por su madre (para la cual yo trabajaba de nieto), que era más bien una tía borde, se negó categóricamente. No deseaba renunciar a los beneficios fisiológicos y psicológicos que me reportaría la leche materna, ya que eso, según opinaba, hubiera significado una actitud egoísta que le habría forjado un sentimiento de culpa para el resto de su vida. Así que acabó poniéndome de patitas en la calle. Es la única mancha en mi currículum. Sin embargo, no guardé hacia aquella familia ninguna clase de rencor. Se portaron muy bien conmigo y, ellos sí, me facilitaron una carta de recomendación en la que alababan mi buen hacer y ensalzaban mi sabiduría filosófica. Además, fueron generosos y me dejaron llevarme la placenta, pues yo le había tomado un gran apego. Sus referencias me permitieron acceder a diversos puestos de trabajo durante una larga temporada, casi todos ellos de marcado signo social. Hice de pedigüeño en el metro, de amputado en juegos paraolímpicos, de animal de experimentación, de exhibicionista en parque urbano... Una infinidad de servicios, pero siempre de carácter provisional. Hasta que al fin conseguí un puesto más estable.

          -¿Cuál fue? Sujéteme el escoplo, si no le importa.

          -Padre de familia desestructurada. Ya ven: paradojas de la vida, menos mal que yo me acomodo rápidamente a cualquier circunstancia. De hecho, desde el punto de vista del cognitivismo, la inteligencia consiste precisamente en eso, en la capacidad de adaptación a las nuevas situaciones, en la facultad de ajustarse al medio natural y social a través de la solución de problemas.

          -¡Joder!, no me diga que ha trabajado de padre de familia desestructurada. Hay que ser temerario. ¿Le importaría ir enfriándose?, si no es molestia.

          -Tiene usted toda la razón. Es un trabajo muy complicado, por eso ahí se accede por concurso oposición. Me cayó en el examen la relación del objeto de la filosofía primera con el Theos como problema para la interpretación de la metafísica aristotélica, lo que había que interrelacionar con el materialismo dialéctico a partir de la idea de que cualquier orden familiar es tan sólo una parte de la superestructura del proceso económico-social y está sometido por completo a la evolución ligada a dicho proceso. Modestia aparte, nuevamente fui el número uno. Nos presentamos dos mil quinientos opositores (gente que trabajaba de opositores) para tan sólo tres plazas. Bueno..., a lo que íbamos: mi situación privilegiada me permitía elegir destino. De manera que, tras estudiar concienzudamente los expedientes, dejé a un lado el materialismo de Marx y Engels (yo me desenvuelvo mucho mejor con los sofistas de la cultura clásica) y rechacé sin ninguna clase de escrúpulos a una familia en la que el que hacía de padre ejercía de alcohólico, y a otra en la que un hombre trabajaba de inmigrante subsahariano en situación de desempleo. De tal suerte que terminé optando por una familia bien, de esas que van a misa los domingos y viven a las afueras en un chalé adosado. Sí, ya lo sé, me estaba aburguesando. Cuál no sería mi sorpresa al presentarme en la dirección indicada y descubrir que se trataba de los mismos que habían sido mis padres adolescentes unos años atrás (de aquéllos para los que yo había hecho de feto, y de hijo, y de nieto). Me recibió la que fue mi madre y me reconoció enseguida, por las cicatrices. No dudó en contratarme al leer su carta de recomendación. Me explicó que en cuanto abandoné mi trabajo (parecía haber olvidado que, en realidad, fue ella quien me echó), recurrieron a la agencia para que les enviara a alguien que hiciera de niño adoptado. No querían volver a empezar con otro que hiciera de feto porque ella seguía muy molesta con el tema de los pezones. Al parecer, el joven que fue mi padre no consiguió adaptarse al nuevo retoño, hacia el cual fue desarrollando una especie de animadversión que evolucionó hacia una notoria inquina. Según aducía, aquel crío no sabía nada de Filosofía, por lo que mi padre (el muchacho para el que yo había hecho de feto, y de hijo) terminó marchándose de casa. Como me tomo muy en serio mi trabajo sentí una intensa desazón, una sensación de angustia y desamparo, al saber que el que había sido mi padre nos había abandonado. Al verme tan apurado, la que fue mi madre me confesó que el que fue mi padre no era en realidad su pareja, sino un empleado que habían contratado en la agencia para que cumpliera tal cometido. Así que, antes de enzarzarse por culpa del niño en discusiones conyugales que no hubieran conducido a ninguna parte, la que fue mi abuela había malmetido para que lo despidieran (al que hacía de yerno y fue mi  padre porque yo había trabajado para él de feto, y de hijo). Por eso eran ahora una familia desestructurada. Mientras atendía sus aclaraciones, un individuo más o menos de mi edad pasó saltando a la pata coja detrás de una pelota. La que fue mi madre le hizo parar en seco, obligándole a saludar. Quería que demostrara ante las visitas que era un niño adoptado bien educado. Luego le informó de que yo había sido su primer hijo (de ella), pero que a partir de ahora sería su padre (de él), pues un padre es una figura que no debe faltar en una familia para evitar que los niños adquieran traumas. Aquel hombre (mi hijo, mi hijastro) y yo nos fundimos entonces en un fuerte abrazo y él se mostró aliviado al saber que iba a tener un padre (uno que hacía de padre) que sabía mucho de Filosofía. Aquella misma noche, mientras lo bañaba, me confesó su admiración hacia mi persona. Dijo que yo era una leyenda en la agencia, un punto de referencia para cualquier buen trabajador que se preciara de serlo.

          -¿Y qué ocurrió en esta ocasión? ¿Su mujer (la que hacía de su mujer) y usted no  compatibilizaban...? Vaya poniéndose lívido, por favor.

          -¡Quia! Claro que compatibilizábamos. No se trata de eso. Los problemas surgieron con el crío (el hombre que sentía admiración por mí y para el que yo hacía de padrastro). Tenía que comportarse como un niño hiperactivo, y yo ya tengo una edad... La muchacha (mi mujer, la que hacía de mi mujer; bueno..., aquella para la que yo trabajaba de segundo marido y para la que anteriormente había sido su feto, y su hijo) lo había empleado no sólo de niño adoptado sino también como hiperactivo, con el propósito de ponerse a sí misma el listón bien alto de forma que su labor de madre abnegada la condujera al nirvana del amor sublimado. Y yo..., ya les digo..., no lo podía soportar. El chiquillo (el hombre) no se estaba quieto ni un momento, me ponía los pelos de punta; pero tampoco quería abandonar aquel trabajo porque me faltaba muy poco para la jubilación y no deseaba estropear con un fracaso mi impecable currículum. Una noche, mientras mis pensamientos divagaban sobre esa ambivalente pulsión que representan el Eros y el Tánatos, se me ocurrió una idea a la que ella accedió de buen grado, pues aunque yo procuraba siempre comportarme como un padre razonable, la que hacía de mi mujer decía que el niño percibía mi sentimiento de rechazo. Por eso firmamos un nuevo contrato. Yo trabajaría de víctima de un crimen. En la agencia -son las normas- me hicieron pasar otro examen que superé sin aprietos explicando la noción estructuralista espiritualista sobre el proceso de la muerte humana en contraposición al fenómeno de la cesación en lo inorgánico argumentado desde el atomismo epicúreo.

          -¡Hay que ver...! Y luego dicen que la carrera de Filosofía carece de salidas en el mundo laboral. Si no tiene inconveniente, puede ir poniéndose rígido.

          -El resto se lo pueden imaginar. Me entregué para que nuestra relación se fuera deteriorando a cada momento. Comencé a hacerle la vida imposible, a encresparla con cualquier tontería. Armamos algún que otro escándalo para que pudieran oírnos los vecinos (los que trabajaban de vecinos). Me busqué una mujer que profesara la tarea de amante (de mi amante) y por las noches llegaba a casa a las tantas, desgreñado y borracho como una cuba. ¡Lo que hay que hacer para desempeñar bien un oficio! Cuando consideré que nuestra relación de pareja se había malogrado suficientemente, le propiné una soberbia paliza al niño (al hombre que hacía de hijo adoptado e hiperactivo y que sentía admiración por mí). Lo hice por cumplir con mi trabajo, aunque la verdad es que le tenía ganas. Fue entonces cuando ella me pegó un tiro. Por eso llevo este agujero en la frente. Siendo ya víctima de un crimen, me presenté en la agencia para que me pagaran lo convenido. Me felicitaron, como tenían por costumbre, por mi probada eficacia y perseverancia. Lo malo es que yo creía que ya estaba en condiciones idóneas para trabajar de jubilado; pero, al repasar los papeles, nos dimos cuenta de que me faltaban un par de días de cotización. Habíamos olvidado un pequeño paréntesis en mi historial laboral durante la época en que hacía de crash test dummy. Y ahí tienen el motivo por el que me propusieron este encargo breve de cadáver para autopsias, que me ha venido como anillo al dedo.

          -¡No hay más que hablar...!, el puesto es suyo. La verdad es que nos ha sorprendido muy gratamente su preparación en idiomas. En lo que a nosotros se refiere, ya estamos listos. No sea impaciente y evite iniciar el proceso de putrefacción. Comenzaremos por serrar la bóveda craneal. Disculpe si nos encuentra un poco torpes; es la primera vez que nos llaman para hacer de médicos forenses. Hasta ayer mismo actuábamos de mascotas exóticas en casa de un notario (de uno que trabajaba de notario). Mi función era de cacatúa, y la de éste, de ornitorrinco.

          -No se preocupen por mí. Toda la vida es por esencia dolor. Cuanto más elevado es el ser más sufre... La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. La vida es una cacería incesante, donde los seres, unas veces cazadores y otras cazados, se disputan las piltrafas de una horrible presa. Es una historia natural de dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo y después morir... Lo dijo Schopenhauer, ¿saben? Por cierto, si quieren..., les echo una mano con la autopsia.

© Manuel Merenciano. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del propietario del copyright.

4 comentarios

CADENA SER: CONCURSO DE MICRORRELATOS

14 ene 09


Esta semana he resultado ganador del concurso Relatos en cadena, convocado por la Cadena SER y la Escuela de Escritores. El microrrelato fue leído y ambientado en el programa Hoy por hoy, de Carles Francino, y su elección se produjo por unanimidad.

La frase de inicio debía ser: “Al menos, para las mujeres, tiene mejor gusto”

Al menos, para las mujeres, tiene mejor gusto. Siempre nos preocupamos por educarle el sentido de la belleza. De Platón a Schopenhauer, le inculcamos que no hay que mirar para comprender, sino para ver, que no hay que preocuparse por el hecho, sino contemplar la esencia. Pero nuestros esfuerzos resultaban baldíos. El primer animal que trajo a casa fue una boa constrictor. Luego se decantó por aquellos repugnantes escorpiones africanos. ¿Dónde vería el esplendor de la forma, la armonía, el orden? Hoy, al fin, ha empezado a demostrarnos su aprendizaje: la chica que ha enjaulado en el sótano es una rubia despampanante; verdaderamente una delicia para los sentidos.

http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2009

2 comentarios

EL PROBLEMA

23 dic 07

EL PROBLEMA


Primer premio del IV Certamen de Poesía, Relato y Microrrelato «Grupo Búho»

Mi hermana Adela ha experimentado una mejoría prodigiosa desde que nos trasladamos a este pacífico lugar. Ahora mismo estoy convencida de que es una niña feliz. Yo también podría serlo si no fuera por... el problema.

Adela ha encarado con denuedo su fatídica enfermedad. Al principio le negaron toda esperanza. Dijeron que sus fuerzas se irían disipando lánguidamente al compás de cada uno de los vahídos de su respiración, que ese extraño mal de la sangre se había infiltrado en ella como una larva voraz y la iría consumiendo desde dentro.

Nos aconsejaron que partiéramos del arrabal porque el humo ceniciento de la chimenea no hacía ningún bien a la niña. Quién sabe si, tal vez, no era el causante de tan misteriosa dolencia. «¿El humo de la fábrica es el gusano, papá?», preguntó a la salida del hospital, abatida en su silla de ruedas. Una semana después nos veníamos a vivir al campo. Aunque parezca mentira, en unos días Adela recuperó el gesto vivaz y el color sonrosado de los labios, y con cada vahído de su respiración se esclarecía el fulgor celeste de su mirada.

«No más de tres meses...», habían sentenciado los médicos. Y el gusano le iba devorando las entrañas a mi hermana. Y a mí el llanto amargo de papá me devoraba el alma. Pero ahora, desde que arraigamos en este hermoso paraje, Adela va redimiendo su risa alegre, a veces algo chillona, retoñan poquito a poco sus ensortijados cabellos de color azabache y por las noches ya no gime de dolor, pues su sueño se ha hecho tan hondo como reposado.

Ayer recorrimos juntas la vega del río. Solas, Adela y yo. Y el olor a tierra escarchada en la flor del espliego. Adela volvía a sentirse dichosa. Yo también podría serlo si no fuera por... el problema.

El problema, el jodido problema, radica —¡maldita sea!— en que se me ha agotado el matarratas. Y Adela renace como un demonio al compás de cada uno de los vahídos de su respiración. Y a mí cada vahído de su respiración me va devorando el alma.

Imagen de portada: Meninas, Pablo Picasso

© Manuel Merenciano. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del propietario del copyright.


2 comentarios

UN VECINO ABNEGADO

11 feb 07

UN VECINO ABNEGADO
(Premio Nacional del XXIII Certamen Los Cuentos de La Granja)

Desgraciadamente, uno, en la vida, no elige a su vecino, y mucho menos a la pareja de vecinos. Yo, de entre un millón de mujeres, habría escogido a Elena sin titubear, pero también sin remilgo alguno habría descartado a Pascual sólo con verlo.


Llegaron hace unos seis meses, al poco de haber comprado a Alfredo la casa que linda con la zona sur de mi jardín. He de admitir que ella me deslumbró al instante, y no, como pudiera pensar cualquiera, por detentar una belleza fuera de lo común —capaz de quitar el hipo hasta al más glacial de los hombres (quizá también de las mujeres, ¡je, je...!)—, sino más bien por su porte sereno y amable, por sus maneras plenas de elegancia y seguridad, por sus ademanes delicados henchidos de sensualidad. Así es, al menos, como yo la vi, o la imaginé, a cierta distancia, guarecido tras los visillos opalinos de mi alcoba. Supongo también que el lance de ser una escritora de reconocido prestigio (circunstancia de la que Alfredo ya me había hecho conocedor) le confería un aura de mujer interesante que no se debe ignorar. En cuanto a su cojera..., tal vez le aportaba un vestigio de indefensión, de fragilidad, haciendo aflorar en mi interior el instinto de protección que, en mayor o menor grado, todos llevamos dentro.


Hacía más de quince días que Alfredo había vendido la casa y yo aguardaba con avidez el momento de conocer a mis nuevos vecinos, y de que ellos me conocieran a mí; así sabrían que podían contar conmigo para todo lo que necesitaran. Siempre he sido una persona volcada hacia los que me rodean, y no hay un solo habitante de las cercanías que no me deba algún favor por haberle echado una mano con las arduas labores del jardín, con las chapucillas domésticas, con las pequeñas reparaciones del automóvil, con el cuidado ocasional del perro..., con un sinfín de pormenores que, aun pareciendo nimiedades, invariablemente han supuesto sacar de un apuro a alguien. En los tiempos que corren, cuando prima el individualismo, la envidia, la ambición, el materialismo..., en resumidas cuentas: el egoísmo, a mí me complace aportar un grano de arena, de generosidad, de solidaridad, de entrega. De una forma desinteresada, claro.


En cuanto se alejó el camión de la mudanza acudí presto a ofrecerles mi ayuda, sin importarme que aquella mañana templada del mes de abril la primavera nos dispensara una lluvia suave pero contumaz. Cuando quise entrar en su jardín comprobé que la cancela estaba cerrada con llave. Normalmente habría llamado al timbre exterior, pero el chaparrón arreciaba y pensé que a ellos les resultaría una incomodidad tener que salir afuera para abrirme la puerta. Así que extraje de mi bolsillo las llaves que me había dejado Alfredo tiempo atrás con la finalidad de que yo atendiera sus plantas y recogiera el correo cuando la familia se marchaba de vacaciones. Abrí la verja y, a pasos acelerados sobre la senda pavimentada con losas de pizarra, me encaminé hasta la puerta de la vivienda, ante la que me planté prácticamente calado hasta los huesos. Antes de pulsar el timbre, respiré hondo varias veces. Me encontraba emocionado; también un poco azorado. Que yo sea una persona entregada a los demás no quiere decir que esté exento de algunos rasgos de timidez arrastrados desde mi infancia. Una infancia feliz (sería injusto no reconocerlo), aunque siempre marcada por determinados complejos que, según decía la psicóloga en cuyas expertas manos me pusieron, eran los responsables de mi naturaleza solitaria y retraída. Aún la recuerdo confusamente exponiendo a mi padre los ejercicios en los que debía basarse la terapia: «Que el niño vaya solo a comprar el pan; que, con frecuencia, pregunte a desconocidos por la hora o la situación de cualquier calle; que sea él quien demande el precio de los artículos en las tiendas, incluso quien regatee el precio, aunque le dé vergüenza. Cuando sea mayorcito, que diga a las chicas algún piropo, que les pregunte por su nombre..., en fin, ya saben...». Y así lo hice durante años, no sin esfuerzos ni tensiones, logrando, eso sí, unos excelentes resultados finales que saltan a la vista.


Pascual abrió la puerta y yo le ofrecí la más cálida de mis sonrisas.


—¡Muy buenos días! —saludé, intentando contener mi euforia—. Soy su vecino de aquí al lado. —Extendí el dedo pulgar señalando mi parcela—. Quería darles la bienvenida y ofrecerles mi ayuda. Si le parece bien, le echo una mano para desembalar las cajas.


Limpié las suelas embarradas de mis zapatos sobre el felpudo y fui a dar un paso hacia delante, pero él no se retiró del vano de la puerta y, sin siquiera decirme su nombre (aunque yo, por supuesto, ya lo sabía), me miró de arriba abajo un tanto desconcertado.


—¿Cómo ha entrado? —preguntó con un genio que nada tenía que ver con la disposición afable que yo esperaba, y merecía—; acabo de cerrar la verja.


—¡Se equivoca!; la encontré entornada, pero no estaba echada la llave.


Fue lo único que se me ocurrió decir.


Pascual frunció el ceño y mencionó, con evidente desdén, que ya avisaría si me precisaba para algo. Sin embargo, yo, que tengo un sexto sentido para analizar la conducta de mis semejantes, para hurgar en lo más recóndito de su personalidad, supe que mentía, que nunca reclamaría mi colaboración. Es cierto que me dio las gracias, pero aprecié un sonsonete en su locución como si pudiera considerarme un pesado, como si tuviera alguna idea preconcebida que le hiciera pensar que soy un impertinente o un entrometido. ¡Y eso que tan sólo nos acabábamos de conocer! Francamente, me sentí maltratado con aquel aire tan distante y desconsiderado que adoptó Pascual conmigo.


Me disponía a dar media vuelta y marcharme cuando Elena se dejó ver a espaldas de su esposo. No dijo nada, pero rozó mis ojos con el visaje acaramelado de los suyos, apuntando una mueca en los labios que, rápidamente, supe descifrar como una súplica de disculpa por el escaso tacto con el que había actuado Pascual. Si bien..., el que yo asimismo padezca una leve cojera, fruto de una poliomielitis sufrida durante mi niñez, pudo haber influido para que ella sintiera hacia mí esa simpatía tan especial que enseguida supe advertir.


Regresé a mi casa verdaderamente afligido, y apesadumbrado con Pascual, ¡para qué lo voy a negar! Pero pronto se me pasó el disgusto, pues no soy hombre rencoroso y el sentido común me hizo ponerme en su lugar, ver que una jornada de mudanza, con todos los ajetreos que conlleva, no es precisamente el mejor momento para que una pareja trate de entablar amistad con un desconocido.


Por la tarde pude ver al señor Teodoro, vecino de tres casas más abajo, pugnando desesperadamente con una tubería maltrecha cuya fuga de agua había llegado a encharcar completamente su parterre de rosales; de modo que aferré mi bien dotada caja de herramientas de fontanería (dispongo de otras, también muy completas, para la electricidad, la albañilería y la jardinería) y, en un tris, cambié el manguito deteriorado responsable del problema. El señor Teodoro se mostró muy satisfecho, tanto como el día que yo mismo construí la cabaña de madera donde ahora juegan sus nietos, e hizo que la señora Ana, su mujer, me preparara una suculenta merienda con embutidos ibéricos acompañados del mejor vino de Rioja que pudo encontrar en la bodega (al menos, eso es lo que dijo). Charlamos largo y tendido, haciendo la señora Ana referencias continuas a la gran suerte que habían tenido al disponer de un vecino siempre tan servicial, agregando que la opinión era generalizada en toda la urbanización. Resté importancia al asunto, pero sus halagos hicieron que me ruborizara.


Tras mi regreso, y antes de que oscureciera por completo, barrí en la calle las hojas secas que ensuciaban la acera por delante de mi fachada. Como terminé prontamente, prolongué la limpieza hasta el adoquinado de tres viviendas más, tanto a la izquierda como a la derecha de la mía. Incluí, qué duda cabe, la acera de los nuevos vecinos; aunque aquel no parecía el día más favorable para que me demostraran su reconocimiento. Tiempo tendrían para ello.


Los estuve acechando durante un par de jornadas, a escondidas, a veces refugiado detrás de los setos, a veces apostado en un ángulo de la ventana, pues no quería dar argumentos para que Pascual fundamentara esa injustificable animadversión que parecía haber sentido hacia mí desde el primer instante. Durante ese tiempo pudieron oírse crujidos, golpes, chirridos, sacudidas y toda clase de ruidos molestos en su casa; pero yo, que soy una persona educada y discreta, amén de comprensiva y tolerante, no manifesté queja alguna en ningún momento.


Cuando empezaron a dejarse ver por el jardín, regando a las horas más inadecuadas, podando las plantas menos pertinentes para la época y abonando o fumigando con los productos peor indicados, decidí que era la oportunidad idónea para prestarles mi auxilio, dando por olvidada la ingratitud que Pascual exhibió durante nuestro encuentro. Coloqué un taburete junto al vallado de cipreses, subí a él y atisbé las posaderas de Elena, quien, ocupada en el transplante de algunas macetas, adoptaba una incómoda posición en cuclillas.


—No es la estación óptima para esa labor —dije, tratando de utilizar un tono apacible.


Elena, sobresaltada, dio un respingo que acompañó de un chillido breve.


—¡Por Dios! —exclamó mientras se incorporaba con dificultad intentando disimular su renquera.


Me excusé, lamentando de verdad haberla asustado, y le propuse hacerme cargo yo mismo de tan fatigosa tarea. Le expliqué que Alfredo siempre había conservado el jardín como uno de los más bellos de la zona, y que ellos, dada su más que segura inexperiencia en estas lides y en estos lares, debían procurar no echarlo a perder, para lo cual le oferté nuevamente mi más desprendida cooperación. Añadí que aunque fuera coja no se le notaba demasiado y le comenté cómo yo padecía la misma lacra por culpa de una poliomielitis, para que no se sintiera ante mí insegura o acomplejada, palabras que acompañé de un guiño candoroso. A continuación, y como ella no decía nada, le pregunté qué hora era.


Elena mantuvo tercamente su mutismo, me lanzó una mirada abismada, cómplice, y suspiró íntimamente dibujando con el torso una maniobra que resaltó sus túrgidos senos. Detecté que se trataba de una invitación taimada, que estaba flirteando conmigo. Nunca me ha gustado fanfarronear, pero sería pecar de falsa modestia no confesar que, a mí, esos pequeños detalles no se me escapan. De todas formas, me hice un poco el despistado, pues el tema de la seducción me gusta saborearlo con calma, disfrutar alentando sutilmente la carga erótica de una relación con el paso del tiempo; así se hace mucho más intenso el momento de la culminación (¡je, je...!). Antes de que entrara en su casa, le dije que estaba hecha un pimpollo. Ella avivó su marcha y cerró la puerta apresuradamente, con lo que deduje que no era yo la única persona pudorosa de los alrededores.


A primera hora de la mañana siguiente dejé la ventana ligeramente entreabierta; quería escuchar lo que decían al despedirse. Tres días habían sido más que suficientes para averiguar buena parte de sus costumbres y sus horarios. No con la intención de criticar el comportamiento de los demás, como podría pensar quien no me conociera lo suficiente. Muy al contrario, es una estrategia de amparo destinada a detectar cualquier eventualidad o anomalía que pueda recaer sobre la vida de las personas que me rodean, y buscar, a la mayor brevedad posible, la mejor forma de proceder. Sin ir más lejos, no hará más de un año que advertí a la mismísima Guardia Civil sobre lo insólito que resultaba que Marieta, la viuda del final de la calle (viuda joven de vida alegre; ¿por qué no decirlo?; ¡je, je...!), no se viera por allí desde hacía más de una semana y que la luz de su dormitorio persistiera encendida a cualquier hora del día y de la noche. La encontraron muerta de una paliza, atada a la cama y desnuda como Dios la trajo al mundo. Fue toda una impresión en el vecindario, y no digamos para mí. Hay quien dice que habían abusado de ella, pero todo son conjeturas al respecto; la gente le echa mucho morbo a estas cuestiones y habla por hablar.


Oí a Pascual despedirse hasta la noche. Es médico (reumatólogo, creo). Trabaja por las mañanas en un hospital y por las tardes atiende hasta las tantas su consulta privada. Elena le comentó que pasaría todo el día de compras en la ciudad para ultimar ideas de la decoración de la casa, y que también ella regresaría tarde.


Me dio cierta rabia pensar que la jornada se presentaba bastante aburrida, sin movimientos que escudriñar en la casa de al lado y sin mejor perspectiva que soportar algún discurso soporífero en casa del señor Teodoro y la señora Ana, aquel par de viejos bondadosos pero plomizos.


A media mañana Elena se marchó. Aguardé aproximadamente una hora, cerciorándome de que no tornaba para recoger cualquier cosa que hubiera podido olvidar. No quería que se repitiera la misma desagradable experiencia que me ocurrió con Marieta, a la que también yo regaba las plantas durante el verano, cuando decidí echar un vistazo al interior de su casa con el propósito de cotejar si realmente había algún indicio convincente de que vivía de algo más que de su exigua pensión de viudedad, como insinuaban los chismosos del barrio. Me llevé un susto de muerte cuando, nada más entrar, ella reapareció porque había olvidado su bolso. Tuve que inventar que había creído ver a un extraño merodeando por los alrededores y pretendía comprobar que todo estuviera en orden; pero Marieta se quedó mosca y me exigió que le devolviera sus llaves.


Abrí de nuevo la cancela con las llaves de Alfredo y circundé el jardín. ¡Qué pena! La piscina: hecha un asco, con el agua de un deplorable aspecto mugriento que no permitía adivinar ni por asomo el color de las paredes. El césped: un crimen; seco, mustio, arruinado, de un amarillento pajizo que, habiéndolo conocido con anterioridad, hacía que se te fuera el alma a los pies. Las macetas: un desatino; las hortensias y las begonias, a pleno sol; la lantana y los geranios, en la sombra.


Lo sentí por Elena. Ni Pascual ni ella parecían poseer los más elementales conocimientos que demandaba la atención de aquel vergel; pero, al fin y al cabo, ella no tenía por qué estar pendiente de esas cosas. Una escritora necesita aplicar todas sus energías a la creación intelectual, y las preocupaciones por temas anodinos no sirven más que para distraer su inspiración. Además, siendo coja, como yo (fruto de una poliomielitis), los agotadores quehaceres del jardín deberían recaer sobre su marido, si bien he de ser sincero y admitir que Pascual no disponía de tiempo para ello. Yo, en cambio, sí.


Dispuse cada jardinera en función de sus necesidades de sol, y de luz, que no es lo mismo, valorando además la orientación de los vientos y el grado de humedad en cada rincón. Recorté con mis tijeras de poda las tullas y los laureles. Después eliminé con la azada las malas hierbas, cercenándolas de raíz. Trasladé hasta allí mi máquina cortacésped y segué el verde «al uno», dejando la pradera de dichondra uniforme y rizada, como una alfombra. Al finalizar, viré las válvulas de riego y los aspersores hicieron su función durante un par de horas. Dado que ni enfrente ni en el chalé siguiente vive nadie, nadie pudo verme, pero supuse que mis nuevos vecinos no tendrían que cavilar demasiado para averiguar quién, de forma altruista y abnegada, había realizado tan laudable cometido.


La tarde se me hizo eterna. La pasé bastante nervioso, deseando que llegara la noche y Elena descubriera aquella increíble sorpresa. Vendría entonces a darme las gracias, aunque yo le quitaría trascendencia a la situación. Le pediría disculpas por no haber hecho todavía nada en la piscina, pero le prometería que eso lo dejaría para principios del estío. Mientras tanto, le permitiría que coqueteara un poco conmigo.


Aunque no tenía nada importante que hacer, recorrí la calle extrayendo los folletos obsoletos de propaganda embutidos de cualquier manera en los buzones de los chalés que sólo son utilizados como segunda residencia, para pasar los fines de semana y las vacaciones. No es que nadie me haya solicitado esta misión, pero si no lo hago con regularidad, supone una clara oferta para cualquier ratero que quiera entrar a robar con la certeza de que allí no vive nadie. Al menos, así lo sugiere la Policía.


Elena llegó acompañando a la anochecida. Oí el sonido del auto al detenerse ante su puerta y aparté ligeramente los visillos. Descendió caminando con sus pasos torpes, inacabados, y no pareció percatarse del inédito estado del césped, pero vi que se demoraba ensimismada observando la disposición de las jardineras. Llamó a Pascual antes de entrar en casa, pero, ¡claro!, nadie contestó.

Él apareció cuando ya era noche cerrada. Estacionó el coche detrás del de Elena y, antes de que apagara el motor, pude verla a ella en mitad del jardín, acercándose a su esposo, bajo el resplandor nacarado de la farola herrumbrosa a la que yo ya había decidido dar la conveniente mano de pintura cuando llegara el momento. Agucé el oído tratando de enterarme de su conversación. El corazón me latía muy deprisa.

—¿Has estado en casa en algún momento a lo largo del día? —preguntó ella sin saludarlo, sin darle siquiera un beso cariñoso; de lo cual tomé yo buena cuenta como garantía para reanimar mis pretensiones con Elena. ¡Je, je!


—¿Yo? No. ¿Por qué?


Pascual respondió también sin esbozar ningún gesto de ternura.


—¿Has contratado los servicios de algún jardinero? —indagó ella.


—¡Claro que no! ¿Qué pasa?; decidimos ocuparnos nosotros mismos del jardín. Tú siempre has dicho que es el mejor método para templar el estrés.


—Pues alguien ha cambiado las macetas de sitio. Y nos han cortado el césped. Lo han dejado «de puta madre» —agregó alzando el tono de su voz, supongo que para que yo la oyera y me sintiera complacido, aunque me disgustó un tanto la expresión soez—. Quien haya sido, se ha dejado una azada junto a la piscina.


Pascual giró la cabeza en dirección a mi ventana, obligándome a dar un paso precavido hacia detrás. Luego miró a Elena y dijo, también en voz alta:


—El vecino de al lado tiene llaves; hoy mismo me lo ha confirmado el anterior propietario.


—¿Qué vecino?


—El cojo —contestó Pascual, el muy mezquino—. Haré que nos las devuelva o, mejor, cambiaré las cerraduras por si se ha hecho alguna copia.


Entraron en casa y yo proseguí inmóvil, abstraído, con la mirada hundida en el centelleo desacompasado de aquella vetusta farola. Procuré dejar la mente en blanco, sin considerar las palabras que acababa de escuchar. Me limité a concentrarme en el canto disonante de los grillos. Hubiera jurado que había, por lo menos, tres, y traté de escrutar en qué recónditos lugares podían estar ubicados.


La sombra de Pascual deambulando por el jardín me devolvió a la realidad. Desde que llegaron, todas las noches salía a fumar un cigarrillo después de cenar. «De los médicos y de los curas...: lo que dicen, no lo que hacen», pensé. ¡Je, je...!


Abrí la cancela con las llaves de Alfredo. Pascual no se veía por allí. Entré sigilosamente y marché pegado a los setos, alejándome en la medida de lo posible de las luces. La silueta de Pascual se reveló sobre el filo de la piscina en el mismo momento en que tropecé con mi azada. Afortunadamente no hice ruido alguno. Apresé el instrumento entre mis manos y a medida que me acercaba hacia él trataba de comprender por qué absurda razón Pascual la había tomado conmigo, o, mejor dicho, contra mí.


—¿Tiene hora? —pregunté muy bajito. Fue lo único que se me ocurrió decir.


No le di la ocasión de darse la vuelta. Cuando iba a hacerlo, le golpeé fuertemente con la azada en el centro de la espalda. Pascual cayó de bruces sobre la superficie del agua. Pretendió salir encaramándose a la escalera de aluminio, pero, en cuanto asomó la cabeza, abracé su nuca con la pala metálica de la herramienta y estiré del mango hacia mí, enérgicamente, estrangulándole el cuello contra el primer peldaño. O el último, según se mire. Se quedó completamente quieto, mirándome estupefacto. Trató de decir algo, pero no percibí más que un estertor confuso. Durante un buen rato reflexioné sobre la mejor forma de exigirle, cortésmente, una explicación. Estuve divagando entre adoptar una posición firme, haciéndole ver que con su actitud iba horadándome una caprichosa herida en mis sentimientos, o bien tratar de ser más afectuoso y dilucidarle con delicadeza cómo su modo de actuar no estaba siendo el más adecuado.


Pascual agitó sus piernas violentamente y, con una mano que apenas pudo sacar del agua, se aferró débilmente al extremo inferior del astil. Pero no lo liberé: aún no había tomado una decisión definitiva. Poco después noté que su mirada se desvanecía. Aligeré la presión de la azada, si bien sus ojos, saltones como los de un sapo, no modificaron su expresión vacua. Caí entonces en que debía de estar muerto, aunque tenía mis dudas. Por si acaso..., lo agarré de los pelos con mis dos manos y le zambullí la cabeza durante unos minutos. El aspecto parduzco del agua era tan lamentable que me dio cierta aprensión; así que, por pensar en otra cosa, me regocijé imaginando la grata impresión que se llevaría Elena cuando le limpiara la piscina un poco más adelante, de cara al verano. Por fin lo solté. Tenía la cara totalmente inflada y se fue derecho al fondo. La verdad es que me sentí aturdido, pues tengo entendido que los muertos flotan. Sin embargo..., no era éste el caso. ¡Je, je...!


¿Por qué insinuaría Pascual que me iba a retirar las llaves? También le habría ido mejor a Marieta de no haber sugerido semejante disparate. Aunque no hubo violación; yo no soy ningún desaprensivo. A la gente le gustan las habladurías porque no tiene otra cosa con la que entretenerse. Deberían hacer como yo y consagrar parte de su tiempo a interesarse por los demás. Sin ir más lejos, hoy mismo he estado con Carlos, el nuevo vecino, montándole una estantería. Es una persona agradecida y me ha regalado una caja de puros. Yo no fumo, pero no le he dicho nada para evitarle una situación embarazosa. Raquel, su mujer, me ha ofrecido también un buen trozo de pastel casero. Y ha rozado uno de mis hombros con su cadera, incitándome sin ningún disimulo. Pero a mí me gustaba más Elena. Y no me importaba que fuera coja. Yo también lo soy, por culpa de una poliomielitis. Es una lástima que se marchara después del infortunado accidente que sufrió su marido. En los alrededores se comentó que había resbalado junto a la piscina y, desfallecido por el golpe, murió ahogado en su interior. Algunos dicen que se llevaban mal. Raquel y Carlos tampoco parecen demasiado bien avenidos. Los he estado observando... ¡Je, je...!


© Manuel Merenciano. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del propietario del copyright.

1 comentario

SOLAZ

10 feb 07

SOLAZ


Finalista I Concurso de Microrrelatos Los Molinos


Rodeo el chaflán y aminoro el paso. Me deshago del palo de béisbol. Por fin he dado esquinazo al coche patrulla. No sé de dónde narices surgió tras propinarle la tunda al jodido negro. Elevo las solapas de la trinchera y cobijo mis manos en los bolsillos. Deambulo sin rumbo aparente. La noche es hermética, confusa, tensa. Una puta se aproxima. «¿Pistola o navaja?», me cuestiono con ironía. Acaricio la tersura del arma blanca mientras una ingrávida sacudida agita mi espinazo. Sudo profusamente. «Treinta euros por una mamada», dice, oteando inquieta en rededor. Insinúo con una mueca la hondura del callejón. Titubea recelosa y asiente. Nos disipamos traspasando una bruma imprecisa y se postra ante mí. Hurga en mi bragueta con sus dedos nervudos, toscos. Luego aplica la lengua traviesa, los labios pulposos... Cuando vacía el énfasis de mis latidos, alza su mirada encogida esperando inútilmente un mohín de aquiescencia. Aprieto entonces los dientes y hundo la navaja en su garganta. Una..., dos..., tres veces. Se orina. Sus lamentos desconsolados me obligan a cegarle la boca hasta que se desmorona sobre un lodazal de sangre. Convulsiona. Le arrebato el gabán y ella exhibe su patética desnudez. Nauseabundo; luce un trasero carnoso, sucio y rosado como el culo de un cerdo. Vuelvo a escuchar la sirena. ¡Mierda!, nunca adivino por qué flanco aparecerán. Es inútil tratar de escapar; el pasaje carece de salida. Los faros se detienen, me alumbran. Permanezco inerte. Se apea un madero y camina pausadamente hacia mí, sorteando el puto cadáver. Porta un arma en su mano derecha. Ríe con semblante cruel, mostrando una boca mellada que acentúa la inclemencia en sus ojos de ofidio. Me aferra los huevos. «¡Escoria!», vocifera. Con el cañón relame mi rostro. No puedo darle ninguna ventaja: le disparo en el vientre a bocajarro. Su cuerpo se derrumba sobre los muslos de la ramera. Lo remato con un tiro entre las cejas. Ahora soy yo quien sonríe, aunque no puedo bajar la guardia. Las luces del vehículo resplandecen, me ciegan. Una turba de ratas de cloaca bulle atropelladamente a mis pies. Supuestamente no tenemos compañía, sólo una luna turbia, dos fiambres y yo. Y el silencio de los muertos. Mas la vida juega malas pasadas, así que me arrimo al coche prevenido, aguardando una pronta detonación que me horade las entrañas. Está vacío. Monto y arranco. Las cabriolas del auto resultan fascinantes. Maniobro embistiendo muros, soslayando en vano contenedores que desparraman sus inmundicias. Rebaso la travesía a toda prisa. Los chaperos del parque me contemplan insolentes. «¡Hatajo de maricones!», farfullo encorajinado. Doblo el volante y arremeto contra ellos. Corren despavoridos hasta resguardarse entre las impenetrables sombras de la arboleda. El más canijo se rezaga; evidencia una ridícula deformidad. Pierde su muleta y cae. Se pliega como un gusano sobre el asfalto. Gimotea atemorizado implorando compasión. Excitado, acelero y advierto el rechinar de la osamenta bajo los neumáticos que prensan su cabeza.

—¿Nos vamos ya o qué? —La voz de mamá, siempre inoportuna, me sobresalta—. Van a cerrar enseguida el centro comercial.

—¡Jo, mami! Un ratito más, por favor. Me encanta este videojuego.

—Vale..., me acerco a la peluquería para coger hora y regreso ahora mismo. Sigue portándote así de bien, cariño —susurra suavemente junto a mi mejilla—. Y no hables con desconocidos.

Aparto la cara rehuyendo el aire de ternura que le corrompe el aliento. Es estúpida y no se siente aludida; me besa. Se da media vuelta empujando un carrito atiborrado hasta los topes. Me abstraigo en las curvas grotescas de su ingente trasero. Lo imagino carnoso, sucio y rosado, como el culo de un cerdo. Pulso new game.

© Manuel Merenciano. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del propietario del copyright




http://www.eloymcebrian.com/yorick/index.html

http://www.youtube.com/watch?v=3KHWkDhxm_M

4 comentarios

LA TAZA DE TÉ

10 feb 07

LA TAZA DE TÉ

Finalista I Concurso CEPSA- La Razón de Relatos

-La alegoría del té: omnipresente en las narraciones de las más afamadas "damas del crimen" -disertó Matías. Sonreía dulcemente viéndome llegar con la tetera humeante-. Agatha Christie, Elizabeth George, Ruth Rendell... Las pesquisas encaminadas a desenmascarar al culpable parecen rondar la sesera del detective de turno hechizadas por la cadencia que imprime la cucharilla cuando vira y vira lamiendo la porcelana -agregó mientras vertía, deleitado, unas gotitas de limón.

-Estoy completamente de acuerdo, mi amor.

Me dejé caer sobre el sofá enervada, hastiada de soportar durante tantos años las peroratas de aquel engreído. Crucé las piernas y aguardé expectante, anhelando que el tósigo derramado sobre su taza fuese insípido y letal. Aferré mi vaso de whisky y lo vacié de un solo trago.

-Sin embargo -prosiguió Matías con su acostumbrado porte ensoberbecido-, los ilustres "varones" del género negro decantan sus preferencias por la figura del alcohol. Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Horace McCoy...: sus protagonistas recios e indolentes parecen desgranar con cada sorbo de bourbon una astuta reflexión capaz de solventar la complejidad de la trama.

-Así es, cariño.

Matías frunció el ceño y calcó mis movimientos izando una pierna sobre la otra. Seguidamente clavó en mis ojos una mirada que interpreté como perversa e inquietante y, un tanto agitado, me sugirió insistentemente que apurara el vaso.

Fui ágil y enseguida caí en la cuenta: sin duda, también Matías había emponzoñado mi bebida, probablemente mientras yo ultimaba los preparativos del té. Él había de tener siempre la última palabra.

Rehusé esperar la aparición de los primeros síntomas. Le rompí la botella de whisky en la cabeza. Era un pedante. Un pedante inaguantable. Un cabrón.

He contado a la Policía que fue en legítima defensa, que él trató de envenenarme emulando alguna de esas novelas de intriga por las que sentía una auténtica obsesión. El hombre que me ha interrogado era menudo y rechoncho. Matías diría que más acorde con el Hercules Poirot de Agatha Christie que con el Philip Marlowe de Raymond Chandler. Una curiosidad morbosa me ha hecho estar atenta para ver si pedía bourbon o si prefería té, pero le han traído un cortado. Luego me ha dicho, con cara circunspecta, que los del laboratorio no han hallado ninguna droga en el vaso de whisky.

-¡Por supuesto! -he aclarado en tono indulgente-: era su vaso; yo tomaba la taza de té.

Imagen de portada : La merienda de dos niñas, Ángel Zarraga

© Manuel Merenciano. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del propietario del copyright.

1 comentario

EL INTRUSO

10 feb 07

EL INTRUSO

2º Premio de Narrativa en castellano del III Certamen de Relatos Escrits a la Tardor

Sentí la necesidad de abrir los ojos repentinamente. Todavía turbado entre sueños, sudoroso y agitado, cuando aún parecía pisarme los talones aquel grotesco engendro de la pesadilla, apenas fui capaz de distinguir la hora que las manecillas del reloj de pared, difundiendo vagamente una lívida fluorescencia, se esforzaban en presentar: las tres menos cuarto.

Me encontraba un tanto desorientado al evidenciar que sólo habían transcurrido un par de horas desde que me eché a dormir en el sofá. Yo, en cambio, habría jurado que estaba a punto de amanecer, de irrumpir la luz naciente derramándose alborozada entre las hendiduras de la persiana que guarece el ventanal orientado hacia el Levante, de iniciarse la acostumbrada algarabía de mirlos y gorriones que con su animado canturreo restablecen la fuerza arrebatada a la naturaleza por el mutismo triste y hondo de la noche... Pero no logré discernir más sonido que el recóndito ululato de un búho acompasado por el lejano gañido de los perros. Fue entonces cuando, cercado de penumbras, pensé en la llave del gas, lo que me hizo erguirme con un movimiento súbito, compulsivo.

Sentado ya, un áspero ronquido de Lola, procedente del dormitorio, en la planta superior, me devolvió a la realidad. Aunque en un principio había dudado, ahora estaba casi seguro de que esa noche, antes de acostarme, no había comprobado que la válvula estuviese debidamente cerrada.

Bostecé de forma aparatosa y, amodorrado, con los miembros entumecidos por la incómoda postura mantenida, maltrecho por la extenuante carrera de aquella pesadilla disparatada..., titubeé antes de levantarme definitivamente. Traté de evocar todas mis maniobras desde que llegué hasta que me tendí sobre el sofá, viniéndome a la memoria mi figura, agazapada bajo la encimera de la cocina, dando un giro de noventa grados a la llave hasta encontrar con exactitud el tope que confirmaba su cierre. Sin embargo, también era factible que esa escena correspondiera a la noche anterior o, quizá, a algún instante vivido varios días atrás.

Me incorporé con mucho cuidado, procurando no hacer ruidos que pudieran despertar a Lola de su sueño siempre profundo y reconfortante. Si ella me sorprendía revisando el dispositivo del gas, posiblemente me tomaría por un maniático terco e incorregible, incapaz de dominar esas pequeñas obsesiones cotidianas tan extravagantes a los ojos de los demás. Y es que, en numerosas ocasiones, me he levantado hasta cinco o seis veces a lo largo de la noche para cerciorarme de que todo estaba oportunamente cerrado o apagado; aunque, en realidad, Lola nunca ha llegado a percatarse. Yo reconozco que soy bastante meticuloso, a veces irritantemente meticuloso, en lo referido al tema de la seguridad; por eso suelo dormir en el sofá, para estar alerta por si algún maleante pretende entrar forzando la puerta o las ventanas de la planta baja, donde no encontraría demasiadas dificultades al no haber rejas. Siendo razonable, Lola debería comprender que mi manera de actuar obedece a un instinto natural de defensa, porque no quiero que nada le ocurra ni nadie perturbe la serenidad en nuestro hogar. Ella, su alma, su juventud, su pureza, es lo único que da sentido a mi vida.

La temperatura se me antojaba cálida, blanda, sumamente agradable aun habiéndome desprendido de la manta con la que había estado arropado, la utilizada por Lola cuando da alguna cabezada a la hora de la siesta. Me mantuve durante unos segundos completamente inmóvil, como una estatua, al detectar una pausa en sus ronquidos y percibir desde abajo que se daba la vuelta en la cama. En el momento en el que su respiración empezó a emitir un agudo silbido, bastante latoso mas no tan exasperante como el murmullo bronco anterior, me encaminé sigilosamente hacia la puerta de la cocina. La oscuridad era absoluta, pero la costumbre me había hecho aprender a deambular con pisadas lentas sin tropezar con ningún obstáculo. Al tercer paso, sonó, tal y como yo estaba temiendo, un crujido originado en la articulación de mi rodilla derecha. Volví a parar en seco, resistiendo inerte con el tronco ligeramente inclinado hacia delante y apoyando mi peso íntegramente sobre la superficie plantar del pie izquierdo, dejando el otro suspendido en el aire. Transcurridos unos instantes, Lola no parecía haberse inmutado y pude continuar avanzando.

Tras franquear la puerta, encendí la lámpara de la campana extractora de humos. Cuarenta vatios no es gran cosa; con todo, la iluminación me resultó excesiva e incluso molesta. Abrí el armario donde se encuentra la llave del gas y, en cuclillas, pude cotejar que efectivamente estaba en posición de cierre, perpendicular al eje de la conducción. Me lo repetí muy bajito varias veces, de tal suerte que si unas horas más tarde volvía a despertar asaltado por la misma duda, tendría claro que esa noche la verificación había sido efectuada.

Desvelado, proseguí asegurándome de que el horno, el calentador, la lavadora y la estufa estaban desconectados, e hice lo mismo con la plancha en el cuarto ropero contiguo al salón comedor. Yo sé que a esas horas de la madrugada mi comportamiento parece excéntrico, pero es un hecho bien conocido que la electricidad puede acarrear graves disgustos, especialmente durante la engañosa quietud de la noche. Una tentación incontenible que bullía en mi interior me arrastró nuevamente hasta la llave del gas. Consideré que sería una estupidez volver a tantearla, aunque tampoco perdí nada haciéndolo, por si las moscas... Empezaba a ser consciente de que mi delirio por Lola, por mimarla y protegerla, podía estar acercándome peligrosamente al borde de la enajenación; pero ese entendimiento, esa capacidad de introspección, también significaba un buen síntoma de equilibrio, de dominio de los sentimientos y las emociones, al menos por ahora.

Me disponía a subir al dormitorio para convencerme de que todo lo que rodeaba a Lola conservaba el orden, la armonía, que ella merece; para inhalar una vez más hasta la médula de mis huesos el delicado aroma a azahar de su perfume; para abrigarla de ternura depositando el inocente roce de mi mirada sobre la piel inmaculada de su cuerpo límpido y desnudo..., cuando oí un ruido emanado del exterior. Me pareció un chirrido metálico, seco y breve, que, rasgando el silencioso beso de la noche, resultaba estrepitoso. Enseguida pensé en alguna trastada de Minerva, la gata, pues el buen animal, con la arribada del clima tibio en los albores de la primavera, duerme ya en la cesta acomodada bajo el porche de acceso a la vivienda. Si bien..., lo de dormir Minerva por las noches es un decir, porque suele pasarlas correteando de un lado a otro por el jardín, acechando con su instinto felino la presencia de cualquier reptil o roedor que pueda convertir en su presa. Sin embargo..., ¿y si no era así?..., ¿y si alguien merodeaba por los alrededores?

Con cierta angustia me dije que esa noche podían haberse quedado abiertos los portones del jardín. Recordé entonces cómo, al entrar, tuve la preocupante sensación de ser vigilado desde las sombras en aquella atmósfera turbia de cuarto menguante, y, asustado, había encajado la verja aceleradamente, dando con torpeza las dos vueltas de rigor a la llave. Pero tal vez —volví a conjeturar— esa última evocación atañía a cualquier otra ocasión, cualquier otra vivencia o, simplemente, a un sueño indeterminado.

Reflexioné, indeciso, sobre la mejor forma de proceder. Me invadieron reparos y temores, ya que aún faltaba una eternidad para que despuntara el día y poseía la certeza de que sería imposible pegar ojo si no averiguaba antes en qué situación se encontraba la cancela.

Tras observar durante unos segundos a través de la mirilla, abrí la puerta principal de la casa y me asomé prudentemente al exterior. No quise atrancarla a mis espaldas para evitar que el golpe incomodara a Lola, de modo que la fui entornando suavemente. Una bruma densa descendía con aparente languidez y desde el umbral apenas podía distinguir nada que estuviera tres metros más allá de mis narices. Curiosamente, Minerva dormía con placidez, no habiendo en el jardín más vida en movimiento que el sutil balanceo de las ramas de los árboles acariciadas por un viento mesurado proveniente del sur.

Bajé los escalones y me encontré sobre la senda de piedra caliza que recorre el prado de césped comunicando la vivienda con la verja exterior. Anduve hasta ella mirando hacia atrás de reojo, receloso por no haber dejado totalmente ocluida la puerta de la casa. Aproveché el trayecto para echar un vistazo urgente alrededor de los castaños que emergen con solemnidad en las cercanías de la valla y escudriñé el hueco que queda entre la barbacoa de obra y el seto de cipreses. Sentía un pánico irracional, inevitable en cuanto surgen las tinieblas desfigurando la blanca hechura de la luna. Corroboré que la entrada del jardín estaba convenientemente cerrada y retorné a pasos ligeros, alarmado ante la posibilidad de que alguien, escondido tras la tupida vegetación, velado por aquella niebla cómplice, me estuviera siguiendo o espiando.

Sobrecogido, tuve la impresión de que la puerta de casa no se encontraba como yo la había situado y se hallaba entreabierta varios centímetros más, invitándome a las sospechas y al miedo. Minerva continuaba sesteando, hecha un ovillo en brazos de Morfeo, luego no debía de haber sido ella quien la empujara. Ya en el interior, latiéndome el corazón con una violencia que empezaba a hacerme daño, cerré, otra vez con cautela para mitigar al máximo el ineludible chasquido que pudiera sobresaltar a Lola. Azorado, fui a echar la llave por dentro, pero enseguida deduje que sería una necedad hacerlo: si alguien hubiera accedido a la casa mientras yo me encontraba fuera, convendría lograr salir rápidamente de allí para huir o pedir auxilio.

En el vestíbulo tomé aire varias veces, tratando de sosegarme y mantenerme atento. Si algo le ocurría a Lola..., jamás me lo perdonaría. Ella es una mujer fascinante, la más sublime que en ningún tiempo nadie pueda imaginar. Ella es lo que más amo y he venerado.

Calculé minuciosamente el itinerario de inspección más seguro para, sin perturbarla, intentar descubrir al posible intruso; aunque en el fondo, reconociéndome como un ridículo miedica, presumía que no habría ningún extraño dentro de la casa. En cualquier caso, me reprendí a mí mismo por haberla abandonado durante un buen rato y prometí que esto no volvería a ocurrir.

Encendí la pequeña linterna que invariablemente, por la noche, llevo conmigo y aferré el cuchillo más grande que encontré en la cocina. Irrumpí de nuevo en el cuarto ropero, donde todo estaba tal como se había quedado unos minutos antes. Después, en el salón, alumbré detrás de las cortinas y debajo de la mesa del comedor. Por último accedí al garaje y, agachado, busqué entre las ruedas del coche, no viendo nada anormal.

Cuando me alzaba, creí advertir unos sonecillos tenues, en esta ocasión en la planta de arriba. Agucé el oído y mi inquietud se tornó estremecimiento, ya que Lola seguía roncando y no podía ser la causante del susurro que, sin duda alguna, correspondía a unos pasos disimulados en la proximidad de la alcoba donde ella dormía. Temblando, tanteé con los dedos el teléfono móvil colgado, junto a mi cadera, de la correa del pantalón. En cuanto viera a alguien, avisaría a la Policía, pero antes debía asegurarme y defender a Lola si era necesario.

Los pasos cesaron y apagué la linterna. La esencia imprecisa de la noche se apoderó nuevamente de la morada desparramando un silencio lóbrego y desconsolado, quebrado cadenciosamente por los estertores que expelía Lola mientras dormitaba.

Aterrado, conteniendo las ganas de orinar, permanecí quieto tras la puerta que separa el garaje de la cocina, desde donde pude apreciar, entre las bisagras, el destello amenazante de otra linterna que descendía pausadamente, peldaño a peldaño, las escaleras. Oprimí el mango del cuchillo con energía y dejé de respirar; no quería que el más etéreo rumor delatara mi escondrijo.

La luz recorrió metro a metro el recinto de la cocina acompañando a los movimientos callados que, ahora, podía diferenciar con toda claridad. Finalmente la puerta fue abriéndose hacia mí bajo un impulso perezoso y uniforme, al tiempo que sentía cómo me ahogaba el calor húmedo, hediondo, de un aliento anónimo. Aguanté en mi posición y rogué a Dios que nos asistiera, hasta que la madera rozó la punta de mis zapatos; entonces me retiré de un salto y enfoqué directamente la cara de aquel desconocido. Él no tuvo la oportunidad de elevar hacia mí su linterna; cuando quiso hacerlo, yo ya le había introducido el cuchillo en la garganta. Emitió un lamento tan desagradable que me encolerizó. El muy insensato, con su bramido, podía haber interrumpido los dulces ensueños de Lola. Indignado, extraje del cuello el arma afilada y le asesté un golpe rabioso en el pecho. El cuchillo rebotó al topar con una costilla, pero al segundo intento lo hundí casi hasta el fondo; supongo que en el mismo corazón, porque se desplomó enteramente a mis pies de una forma tan brusca y desoladora que parecía haber sido fulminado por un rayo.

Lola llegaba en ese mismo instante. Las lámparas de cada estancia habían ido encendiéndose a medida que se aproximaba. Me sentí excitado, con el alma iluminada, como siempre que noto cercana su presencia. Al sorprendernos, la expresión enloquecida que adoptó no le restó encanto a su hermosura.

—¡Pepe! —exclamó al ver a aquel hombre recostado en posición fetal sobre un charco de sangre—. ¿Quién es usted? —balbució atragantada, la voz rota, mirándome fugazmente sus ojos de espanto antes de echar a correr hacia la puerta.

Estas últimas noches me invade la más henchida melancolía. Transitando con el coche disimuladamente he visto una patrulla de la Guardia Civil delante de su casa. Suelo pasar de largo saludándolos con una sonrisa bondadosa, aunque a veces no puedo evitar ese condenado tic que me arquea irremediablemente una ceja. Los agentes siempre responden con un gesto servicial, hasta cierto punto arrogante, llevándose los dedos hacia la visera de la gorra. Su amparo me tranquiliza... Pero sé que más pronto o más tarde dejarán de vigilar. Entonces, yo volveré a hacerme cargo. Si algo le sucediera a Lola..., nunca me lo perdonaría.




© Manuel Merenciano. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del propietario del copyright.




RESEÑA DE PRESENTACIÓN

Cuando Pedro Uris me llamó por teléfono para que le enviara una breve reseña sobre El intruso, pensé, en un primer momento, que bastaría con un escueto currículum y algún comentario referido al género o al estilo de la obra. Así que, seguro y distendido, me aposenté ante la pantalla del ordenador para iniciar la presentación.

Tres horas después, aún no había sido capaz de anotar una sola palabra. El cursor parpadeaba apremiándome, hostigándome con cada uno de sus latidos sordos; y la pantalla, en blanco. Y mi cabeza, en gris, enredada en una maraña de preguntas para las que no hallaba la respuesta apropiada: ¿Por qué escribo? ¿Para quién escribo? ¿Qué escribo? ¿Escribo? De modo que, aquella noche nebulosa, me mantuve en vela hasta las tantas, vacilante, a ratos buscando entre las citas célebres ideadas por los más ilustres personajes, a ratos hurgando mi interior en un intento baldío de construir alguna frase original.

Deseché las citas grandilocuentes sobre la literatura y terminé seleccionando unas cuantas que consideré más próximas a mis inquietudes terrenales: “Escribir es un ocio muy trabajoso” (Goethe), “El que escribe para comer, ni come ni escribe” (Quevedo), “Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla” (Oscar Wilde), “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude” (Orson Welles), “Todos somos aficionados; la vida es tan corta que no da para más” (Charles Chaplin).

Ahora —me dije—, he de decantarme por una de ellas para el preámbulo. Sin embargo, a esas horas inopinadas de la madrugada, empezaba a vencerme la confusión, el agotamiento; de forma que me eché sobre el diván tratando de tomarme un respiro. Estaba a punto de coger el sueño cuando oí un ruido extraño, estremecedor...


http://herederosdelcaos-ediciones.blogspot.com/search/label/videos



1 comentario