UN VECINO ABNEGADO
11 feb 07
UN VECINO ABNEGADO
Desgraciadamente, uno, en la vida, no elige a su vecino, y mucho menos a la pareja de vecinos. Yo, de entre un millón de mujeres, habría escogido a Elena sin titubear, pero también sin remilgo alguno habría descartado a Pascual sólo con verlo.
Él apareció cuando ya era noche cerrada. Estacionó el coche detrás del de Elena y, antes de que apagara el motor, pude verla a ella en mitad del jardín, acercándose a su esposo, bajo el resplandor nacarado de la farola herrumbrosa a la que yo ya había decidido dar la conveniente mano de pintura cuando llegara el momento. Agucé el oído tratando de enterarme de su conversación. El corazón me latía muy deprisa.
—¿Has estado en casa en algún momento a lo largo del día? —preguntó ella sin saludarlo, sin darle siquiera un beso cariñoso; de lo cual tomé yo buena cuenta como garantía para reanimar mis pretensiones con Elena. ¡Je, je! © Manuel Merenciano. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización expresa del propietario del copyright.
(Premio Nacional del XXIII Certamen Los Cuentos de La Granja)
Llegaron hace unos seis meses, al poco de haber comprado a Alfredo la casa que linda con la zona sur de mi jardín. He de admitir que ella me deslumbró al instante, y no, como pudiera pensar cualquiera, por detentar una belleza fuera de lo común —capaz de quitar el hipo hasta al más glacial de los hombres (quizá también de las mujeres, ¡je, je...!)—, sino más bien por su porte sereno y amable, por sus maneras plenas de elegancia y seguridad, por sus ademanes delicados henchidos de sensualidad. Así es, al menos, como yo la vi, o la imaginé, a cierta distancia, guarecido tras los visillos opalinos de mi alcoba. Supongo también que el lance de ser una escritora de reconocido prestigio (circunstancia de la que Alfredo ya me había hecho conocedor) le confería un aura de mujer interesante que no se debe ignorar. En cuanto a su cojera..., tal vez le aportaba un vestigio de indefensión, de fragilidad, haciendo aflorar en mi interior el instinto de protección que, en mayor o menor grado, todos llevamos dentro.
Hacía más de quince días que Alfredo había vendido la casa y yo aguardaba con avidez el momento de conocer a mis nuevos vecinos, y de que ellos me conocieran a mí; así sabrían que podían contar conmigo para todo lo que necesitaran. Siempre he sido una persona volcada hacia los que me rodean, y no hay un solo habitante de las cercanías que no me deba algún favor por haberle echado una mano con las arduas labores del jardín, con las chapucillas domésticas, con las pequeñas reparaciones del automóvil, con el cuidado ocasional del perro..., con un sinfín de pormenores que, aun pareciendo nimiedades, invariablemente han supuesto sacar de un apuro a alguien. En los tiempos que corren, cuando prima el individualismo, la envidia, la ambición, el materialismo..., en resumidas cuentas: el egoísmo, a mí me complace aportar un grano de arena, de generosidad, de solidaridad, de entrega. De una forma desinteresada, claro.
En cuanto se alejó el camión de la mudanza acudí presto a ofrecerles mi ayuda, sin importarme que aquella mañana templada del mes de abril la primavera nos dispensara una lluvia suave pero contumaz. Cuando quise entrar en su jardín comprobé que la cancela estaba cerrada con llave. Normalmente habría llamado al timbre exterior, pero el chaparrón arreciaba y pensé que a ellos les resultaría una incomodidad tener que salir afuera para abrirme la puerta. Así que extraje de mi bolsillo las llaves que me había dejado Alfredo tiempo atrás con la finalidad de que yo atendiera sus plantas y recogiera el correo cuando la familia se marchaba de vacaciones. Abrí la verja y, a pasos acelerados sobre la senda pavimentada con losas de pizarra, me encaminé hasta la puerta de la vivienda, ante la que me planté prácticamente calado hasta los huesos. Antes de pulsar el timbre, respiré hondo varias veces. Me encontraba emocionado; también un poco azorado. Que yo sea una persona entregada a los demás no quiere decir que esté exento de algunos rasgos de timidez arrastrados desde mi infancia. Una infancia feliz (sería injusto no reconocerlo), aunque siempre marcada por determinados complejos que, según decía la psicóloga en cuyas expertas manos me pusieron, eran los responsables de mi naturaleza solitaria y retraída. Aún la recuerdo confusamente exponiendo a mi padre los ejercicios en los que debía basarse la terapia: «Que el niño vaya solo a comprar el pan; que, con frecuencia, pregunte a desconocidos por la hora o la situación de cualquier calle; que sea él quien demande el precio de los artículos en las tiendas, incluso quien regatee el precio, aunque le dé vergüenza. Cuando sea mayorcito, que diga a las chicas algún piropo, que les pregunte por su nombre..., en fin, ya saben...». Y así lo hice durante años, no sin esfuerzos ni tensiones, logrando, eso sí, unos excelentes resultados finales que saltan a la vista.
Pascual abrió la puerta y yo le ofrecí la más cálida de mis sonrisas.
—¡Muy buenos días! —saludé, intentando contener mi euforia—. Soy su vecino de aquí al lado. —Extendí el dedo pulgar señalando mi parcela—. Quería darles la bienvenida y ofrecerles mi ayuda. Si le parece bien, le echo una mano para desembalar las cajas.
Limpié las suelas embarradas de mis zapatos sobre el felpudo y fui a dar un paso hacia delante, pero él no se retiró del vano de la puerta y, sin siquiera decirme su nombre (aunque yo, por supuesto, ya lo sabía), me miró de arriba abajo un tanto desconcertado.
—¿Cómo ha entrado? —preguntó con un genio que nada tenía que ver con la disposición afable que yo esperaba, y merecía—; acabo de cerrar la verja.
—¡Se equivoca!; la encontré entornada, pero no estaba echada la llave.
Fue lo único que se me ocurrió decir.
Pascual frunció el ceño y mencionó, con evidente desdén, que ya avisaría si me precisaba para algo. Sin embargo, yo, que tengo un sexto sentido para analizar la conducta de mis semejantes, para hurgar en lo más recóndito de su personalidad, supe que mentía, que nunca reclamaría mi colaboración. Es cierto que me dio las gracias, pero aprecié un sonsonete en su locución como si pudiera considerarme un pesado, como si tuviera alguna idea preconcebida que le hiciera pensar que soy un impertinente o un entrometido. ¡Y eso que tan sólo nos acabábamos de conocer! Francamente, me sentí maltratado con aquel aire tan distante y desconsiderado que adoptó Pascual conmigo.
Me disponía a dar media vuelta y marcharme cuando Elena se dejó ver a espaldas de su esposo. No dijo nada, pero rozó mis ojos con el visaje acaramelado de los suyos, apuntando una mueca en los labios que, rápidamente, supe descifrar como una súplica de disculpa por el escaso tacto con el que había actuado Pascual. Si bien..., el que yo asimismo padezca una leve cojera, fruto de una poliomielitis sufrida durante mi niñez, pudo haber influido para que ella sintiera hacia mí esa simpatía tan especial que enseguida supe advertir.
Regresé a mi casa verdaderamente afligido, y apesadumbrado con Pascual, ¡para qué lo voy a negar! Pero pronto se me pasó el disgusto, pues no soy hombre rencoroso y el sentido común me hizo ponerme en su lugar, ver que una jornada de mudanza, con todos los ajetreos que conlleva, no es precisamente el mejor momento para que una pareja trate de entablar amistad con un desconocido.
Por la tarde pude ver al señor Teodoro, vecino de tres casas más abajo, pugnando desesperadamente con una tubería maltrecha cuya fuga de agua había llegado a encharcar completamente su parterre de rosales; de modo que aferré mi bien dotada caja de herramientas de fontanería (dispongo de otras, también muy completas, para la electricidad, la albañilería y la jardinería) y, en un tris, cambié el manguito deteriorado responsable del problema. El señor Teodoro se mostró muy satisfecho, tanto como el día que yo mismo construí la cabaña de madera donde ahora juegan sus nietos, e hizo que la señora Ana, su mujer, me preparara una suculenta merienda con embutidos ibéricos acompañados del mejor vino de Rioja que pudo encontrar en la bodega (al menos, eso es lo que dijo). Charlamos largo y tendido, haciendo la señora Ana referencias continuas a la gran suerte que habían tenido al disponer de un vecino siempre tan servicial, agregando que la opinión era generalizada en toda la urbanización. Resté importancia al asunto, pero sus halagos hicieron que me ruborizara.
Tras mi regreso, y antes de que oscureciera por completo, barrí en la calle las hojas secas que ensuciaban la acera por delante de mi fachada. Como terminé prontamente, prolongué la limpieza hasta el adoquinado de tres viviendas más, tanto a la izquierda como a la derecha de la mía. Incluí, qué duda cabe, la acera de los nuevos vecinos; aunque aquel no parecía el día más favorable para que me demostraran su reconocimiento. Tiempo tendrían para ello.
Los estuve acechando durante un par de jornadas, a escondidas, a veces refugiado detrás de los setos, a veces apostado en un ángulo de la ventana, pues no quería dar argumentos para que Pascual fundamentara esa injustificable animadversión que parecía haber sentido hacia mí desde el primer instante. Durante ese tiempo pudieron oírse crujidos, golpes, chirridos, sacudidas y toda clase de ruidos molestos en su casa; pero yo, que soy una persona educada y discreta, amén de comprensiva y tolerante, no manifesté queja alguna en ningún momento.
Cuando empezaron a dejarse ver por el jardín, regando a las horas más inadecuadas, podando las plantas menos pertinentes para la época y abonando o fumigando con los productos peor indicados, decidí que era la oportunidad idónea para prestarles mi auxilio, dando por olvidada la ingratitud que Pascual exhibió durante nuestro encuentro. Coloqué un taburete junto al vallado de cipreses, subí a él y atisbé las posaderas de Elena, quien, ocupada en el transplante de algunas macetas, adoptaba una incómoda posición en cuclillas.
—No es la estación óptima para esa labor —dije, tratando de utilizar un tono apacible.
Elena, sobresaltada, dio un respingo que acompañó de un chillido breve.
—¡Por Dios! —exclamó mientras se incorporaba con dificultad intentando disimular su renquera.
Me excusé, lamentando de verdad haberla asustado, y le propuse hacerme cargo yo mismo de tan fatigosa tarea. Le expliqué que Alfredo siempre había conservado el jardín como uno de los más bellos de la zona, y que ellos, dada su más que segura inexperiencia en estas lides y en estos lares, debían procurar no echarlo a perder, para lo cual le oferté nuevamente mi más desprendida cooperación. Añadí que aunque fuera coja no se le notaba demasiado y le comenté cómo yo padecía la misma lacra por culpa de una poliomielitis, para que no se sintiera ante mí insegura o acomplejada, palabras que acompañé de un guiño candoroso. A continuación, y como ella no decía nada, le pregunté qué hora era.
Elena mantuvo tercamente su mutismo, me lanzó una mirada abismada, cómplice, y suspiró íntimamente dibujando con el torso una maniobra que resaltó sus túrgidos senos. Detecté que se trataba de una invitación taimada, que estaba flirteando conmigo. Nunca me ha gustado fanfarronear, pero sería pecar de falsa modestia no confesar que, a mí, esos pequeños detalles no se me escapan. De todas formas, me hice un poco el despistado, pues el tema de la seducción me gusta saborearlo con calma, disfrutar alentando sutilmente la carga erótica de una relación con el paso del tiempo; así se hace mucho más intenso el momento de la culminación (¡je, je...!). Antes de que entrara en su casa, le dije que estaba hecha un pimpollo. Ella avivó su marcha y cerró la puerta apresuradamente, con lo que deduje que no era yo la única persona pudorosa de los alrededores.
A primera hora de la mañana siguiente dejé la ventana ligeramente entreabierta; quería escuchar lo que decían al despedirse. Tres días habían sido más que suficientes para averiguar buena parte de sus costumbres y sus horarios. No con la intención de criticar el comportamiento de los demás, como podría pensar quien no me conociera lo suficiente. Muy al contrario, es una estrategia de amparo destinada a detectar cualquier eventualidad o anomalía que pueda recaer sobre la vida de las personas que me rodean, y buscar, a la mayor brevedad posible, la mejor forma de proceder. Sin ir más lejos, no hará más de un año que advertí a la mismísima Guardia Civil sobre lo insólito que resultaba que Marieta, la viuda del final de la calle (viuda joven de vida alegre; ¿por qué no decirlo?; ¡je, je...!), no se viera por allí desde hacía más de una semana y que la luz de su dormitorio persistiera encendida a cualquier hora del día y de la noche. La encontraron muerta de una paliza, atada a la cama y desnuda como Dios la trajo al mundo. Fue toda una impresión en el vecindario, y no digamos para mí. Hay quien dice que habían abusado de ella, pero todo son conjeturas al respecto; la gente le echa mucho morbo a estas cuestiones y habla por hablar.
Oí a Pascual despedirse hasta la noche. Es médico (reumatólogo, creo). Trabaja por las mañanas en un hospital y por las tardes atiende hasta las tantas su consulta privada. Elena le comentó que pasaría todo el día de compras en la ciudad para ultimar ideas de la decoración de la casa, y que también ella regresaría tarde.
Me dio cierta rabia pensar que la jornada se presentaba bastante aburrida, sin movimientos que escudriñar en la casa de al lado y sin mejor perspectiva que soportar algún discurso soporífero en casa del señor Teodoro y la señora Ana, aquel par de viejos bondadosos pero plomizos.
A media mañana Elena se marchó. Aguardé aproximadamente una hora, cerciorándome de que no tornaba para recoger cualquier cosa que hubiera podido olvidar. No quería que se repitiera la misma desagradable experiencia que me ocurrió con Marieta, a la que también yo regaba las plantas durante el verano, cuando decidí echar un vistazo al interior de su casa con el propósito de cotejar si realmente había algún indicio convincente de que vivía de algo más que de su exigua pensión de viudedad, como insinuaban los chismosos del barrio. Me llevé un susto de muerte cuando, nada más entrar, ella reapareció porque había olvidado su bolso. Tuve que inventar que había creído ver a un extraño merodeando por los alrededores y pretendía comprobar que todo estuviera en orden; pero Marieta se quedó mosca y me exigió que le devolviera sus llaves.
Abrí de nuevo la cancela con las llaves de Alfredo y circundé el jardín. ¡Qué pena! La piscina: hecha un asco, con el agua de un deplorable aspecto mugriento que no permitía adivinar ni por asomo el color de las paredes. El césped: un crimen; seco, mustio, arruinado, de un amarillento pajizo que, habiéndolo conocido con anterioridad, hacía que se te fuera el alma a los pies. Las macetas: un desatino; las hortensias y las begonias, a pleno sol; la lantana y los geranios, en la sombra.
Lo sentí por Elena. Ni Pascual ni ella parecían poseer los más elementales conocimientos que demandaba la atención de aquel vergel; pero, al fin y al cabo, ella no tenía por qué estar pendiente de esas cosas. Una escritora necesita aplicar todas sus energías a la creación intelectual, y las preocupaciones por temas anodinos no sirven más que para distraer su inspiración. Además, siendo coja, como yo (fruto de una poliomielitis), los agotadores quehaceres del jardín deberían recaer sobre su marido, si bien he de ser sincero y admitir que Pascual no disponía de tiempo para ello. Yo, en cambio, sí.
Dispuse cada jardinera en función de sus necesidades de sol, y de luz, que no es lo mismo, valorando además la orientación de los vientos y el grado de humedad en cada rincón. Recorté con mis tijeras de poda las tullas y los laureles. Después eliminé con la azada las malas hierbas, cercenándolas de raíz. Trasladé hasta allí mi máquina cortacésped y segué el verde «al uno», dejando la pradera de dichondra uniforme y rizada, como una alfombra. Al finalizar, viré las válvulas de riego y los aspersores hicieron su función durante un par de horas. Dado que ni enfrente ni en el chalé siguiente vive nadie, nadie pudo verme, pero supuse que mis nuevos vecinos no tendrían que cavilar demasiado para averiguar quién, de forma altruista y abnegada, había realizado tan laudable cometido.
La tarde se me hizo eterna. La pasé bastante nervioso, deseando que llegara la noche y Elena descubriera aquella increíble sorpresa. Vendría entonces a darme las gracias, aunque yo le quitaría trascendencia a la situación. Le pediría disculpas por no haber hecho todavía nada en la piscina, pero le prometería que eso lo dejaría para principios del estío. Mientras tanto, le permitiría que coqueteara un poco conmigo.
Aunque no tenía nada importante que hacer, recorrí la calle extrayendo los folletos obsoletos de propaganda embutidos de cualquier manera en los buzones de los chalés que sólo son utilizados como segunda residencia, para pasar los fines de semana y las vacaciones. No es que nadie me haya solicitado esta misión, pero si no lo hago con regularidad, supone una clara oferta para cualquier ratero que quiera entrar a robar con la certeza de que allí no vive nadie. Al menos, así lo sugiere la Policía.
Elena llegó acompañando a la anochecida. Oí el sonido del auto al detenerse ante su puerta y aparté ligeramente los visillos. Descendió caminando con sus pasos torpes, inacabados, y no pareció percatarse del inédito estado del césped, pero vi que se demoraba ensimismada observando la disposición de las jardineras. Llamó a Pascual antes de entrar en casa, pero, ¡claro!, nadie contestó.
—¿Yo? No. ¿Por qué?
Pascual respondió también sin esbozar ningún gesto de ternura.
—¿Has contratado los servicios de algún jardinero? —indagó ella.
—¡Claro que no! ¿Qué pasa?; decidimos ocuparnos nosotros mismos del jardín. Tú siempre has dicho que es el mejor método para templar el estrés.
—Pues alguien ha cambiado las macetas de sitio. Y nos han cortado el césped. Lo han dejado «de puta madre» —agregó alzando el tono de su voz, supongo que para que yo la oyera y me sintiera complacido, aunque me disgustó un tanto la expresión soez—. Quien haya sido, se ha dejado una azada junto a la piscina.
Pascual giró la cabeza en dirección a mi ventana, obligándome a dar un paso precavido hacia detrás. Luego miró a Elena y dijo, también en voz alta:
—El vecino de al lado tiene llaves; hoy mismo me lo ha confirmado el anterior propietario.
—¿Qué vecino?
—El cojo —contestó Pascual, el muy mezquino—. Haré que nos las devuelva o, mejor, cambiaré las cerraduras por si se ha hecho alguna copia.
Entraron en casa y yo proseguí inmóvil, abstraído, con la mirada hundida en el centelleo desacompasado de aquella vetusta farola. Procuré dejar la mente en blanco, sin considerar las palabras que acababa de escuchar. Me limité a concentrarme en el canto disonante de los grillos. Hubiera jurado que había, por lo menos, tres, y traté de escrutar en qué recónditos lugares podían estar ubicados.
La sombra de Pascual deambulando por el jardín me devolvió a la realidad. Desde que llegaron, todas las noches salía a fumar un cigarrillo después de cenar. «De los médicos y de los curas...: lo que dicen, no lo que hacen», pensé. ¡Je, je...!
Abrí la cancela con las llaves de Alfredo. Pascual no se veía por allí. Entré sigilosamente y marché pegado a los setos, alejándome en la medida de lo posible de las luces. La silueta de Pascual se reveló sobre el filo de la piscina en el mismo momento en que tropecé con mi azada. Afortunadamente no hice ruido alguno. Apresé el instrumento entre mis manos y a medida que me acercaba hacia él trataba de comprender por qué absurda razón Pascual la había tomado conmigo, o, mejor dicho, contra mí.
—¿Tiene hora? —pregunté muy bajito. Fue lo único que se me ocurrió decir.
No le di la ocasión de darse la vuelta. Cuando iba a hacerlo, le golpeé fuertemente con la azada en el centro de la espalda. Pascual cayó de bruces sobre la superficie del agua. Pretendió salir encaramándose a la escalera de aluminio, pero, en cuanto asomó la cabeza, abracé su nuca con la pala metálica de la herramienta y estiré del mango hacia mí, enérgicamente, estrangulándole el cuello contra el primer peldaño. O el último, según se mire. Se quedó completamente quieto, mirándome estupefacto. Trató de decir algo, pero no percibí más que un estertor confuso. Durante un buen rato reflexioné sobre la mejor forma de exigirle, cortésmente, una explicación. Estuve divagando entre adoptar una posición firme, haciéndole ver que con su actitud iba horadándome una caprichosa herida en mis sentimientos, o bien tratar de ser más afectuoso y dilucidarle con delicadeza cómo su modo de actuar no estaba siendo el más adecuado.
Pascual agitó sus piernas violentamente y, con una mano que apenas pudo sacar del agua, se aferró débilmente al extremo inferior del astil. Pero no lo liberé: aún no había tomado una decisión definitiva. Poco después noté que su mirada se desvanecía. Aligeré la presión de la azada, si bien sus ojos, saltones como los de un sapo, no modificaron su expresión vacua. Caí entonces en que debía de estar muerto, aunque tenía mis dudas. Por si acaso..., lo agarré de los pelos con mis dos manos y le zambullí la cabeza durante unos minutos. El aspecto parduzco del agua era tan lamentable que me dio cierta aprensión; así que, por pensar en otra cosa, me regocijé imaginando la grata impresión que se llevaría Elena cuando le limpiara la piscina un poco más adelante, de cara al verano. Por fin lo solté. Tenía la cara totalmente inflada y se fue derecho al fondo. La verdad es que me sentí aturdido, pues tengo entendido que los muertos flotan. Sin embargo..., no era éste el caso. ¡Je, je...!
¿Por qué insinuaría Pascual que me iba a retirar las llaves? También le habría ido mejor a Marieta de no haber sugerido semejante disparate. Aunque no hubo violación; yo no soy ningún desaprensivo. A la gente le gustan las habladurías porque no tiene otra cosa con la que entretenerse. Deberían hacer como yo y consagrar parte de su tiempo a interesarse por los demás. Sin ir más lejos, hoy mismo he estado con Carlos, el nuevo vecino, montándole una estantería. Es una persona agradecida y me ha regalado una caja de puros. Yo no fumo, pero no le he dicho nada para evitarle una situación embarazosa. Raquel, su mujer, me ha ofrecido también un buen trozo de pastel casero. Y ha rozado uno de mis hombros con su cadera, incitándome sin ningún disimulo. Pero a mí me gustaba más Elena. Y no me importaba que fuera coja. Yo también lo soy, por culpa de una poliomielitis. Es una lástima que se marchara después del infortunado accidente que sufrió su marido. En los alrededores se comentó que había resbalado junto a la piscina y, desfallecido por el golpe, murió ahogado en su interior. Algunos dicen que se llevaban mal. Raquel y Carlos tampoco parecen demasiado bien avenidos. Los he estado observando... ¡Je, je...!